Con permiso de don José de Espronceda
enseñándole al mar las orejas
como solo sabe el Keepsailing.
A la orden de un patrón de fama,
por su buen hacer… y sus gritos,
que quien con él ha navegado
aprende a orzar y a sentir.
viejo lobo de la regata,
y si alguna voz desata
no es por gusto de mandar;
es pasión la que le puede,
es querer que el otro aprenda,
que comprenda, que lo entienda,
que sepa al viento escuchar.
Navega sin temor,
que ni la calma ni el ruido,
ni una mala trasluchada,
ni una rejera enredada
nos quitarán el humor.
Javier navega tranquilo,
si hace falta, compañero,
siempre dispuesto a ayudar.
Pero hay algo más sagrado
que trimar correctamente:
cada poco, de repente,
dice: «¡Son las doce en algún lugar!».
sale algo de la nevera
que nos obliga a picar.
Mientras una pobre currica,
abandonada a su suerte,
navegaba hacia la muerte…
¡pues el cebo se hizo almorzar!
Manuel mira. Manuel piensa.
Manuel ve lo que se escapa.
Sin estruendo, sin urgencia,
conversando y observando,
Donde alguno ve una etapa
él ya sabe qué vendrá.
va la calma regalando
que en cubierta falta hará.
marinera y nadadora,
de esas almas que a cualquier hora
hacen fácil sonreír.
Fue quien puso a Espronceda
navegando entre nosotros,
sin saber que aquellos versos
hoy volverían a latir.
le anunciaba con rigor
que aumentaba su nivel
de preocupante estrés.
Y ella, en vez de preocuparse,
se reía todavía:
si Juan Carlos aparecía,
¡había chiste para después!
y el patrón empieza a hablar,
siempre habrá tiempo en el mar
para reírse después.
sin palabras ni aspaviento:
Helena buscó su momento
y caminó hacia la proa.
Allí no quiso hacer nada,
ni aprender, ni demostrar;
solamente ver el mar,
solamente estar.
Porque a veces navegando
no hace falta más destino,
ni saber cuál es el camino,
ni siquiera a dónde ir.
Basta el barco, basta el agua,
basta el aire sobre el rostro,
y ese instante que es tan nuestro
en que aprendemos a sentir.
Aunque después, diligente,
acompañar a Javier
cuando las doce habían sido.
Una cerveza en cubierta
bien podía aparecer…
pero foto con cerveza,
¡eso sí que no iba a ser!
Y mientras tanto un novato,
que responde por Juan,
iba intentando entender
lo que otros ya han aprendido.
Mirando manos y cabos,
cada vela, cada giro,
descubriendo que en el viento
hay cosas que no están en los libros.
Hasta que llegó la trasluchada.
Y allí el mar dictó sentencia.
Juan tomó su turno,
Helena después quiso probar,
y por pasarnos de entusiasmo
nos pusimos a girar.
Uno hizo su propio trompo,
otro no quiso ser menos:
dos artistas del gobierno
¡dando vueltas sobre el mar!
Quizá Juan Carlos gritara.
Quizá con cierta razón.
Quizá alguno comprendiera
la palabra anticipación.
Pero hay lecciones que nunca
se aprenden desde un sillón:
para saber dónde está el límite
hay que pasarse un montón.
Navega sin temor,
que trasluchar es sencillo
hasta que quieres lucir;
y para aprender a sentir
también un trompo será bienvenido.
Pero Eolo aquella mañana
debía de estar descansando:
pasaban horas navegando
y el viento sin aparecer.
Ni llamada, ni amenaza,
ni promesa marinera;el viento al fin despertaba
con ganas de trabajar.
Y entonces sí hubo silencio,
de ese que nace al sentir
que el barco deja de ir
y de repente empieza a volar.
Llegar a Pasito Blanco.
Fondeo. Baño. Comida.
Agua fresca, buena vida
y un instante para estar.
Porque también las travesías
se construyen de momentos:
una mesa, unos encuentros,Mas no termina una historia
hasta tocar pantalán.
Y allí esperaba la rejera.
Jaime quiso echar una mano,
con la hélice quiso ayudar,
pero hélice, cabo y ayuda
no se suelen bien llevar.
La proa atrapó la rejera,
y a la rejera le dijo «mía»,
y Jaime comprendió aquel día
que le tocaba también nadar.
Al agua fue nuestro jefe,
sin discurso ni pregón,
a librar aquella hélice
de tan íntima unión.
Y así terminó la jornada,
como mandan los relatos:
unos riendo desde el barco
y otro al agua por un cabo.
Navega sin preguntar,
que unas veces manda el viento
y otras te manda la mar.
Unas veces haces trompos,
otras te toca nadar,
y hay días que son las doce
en cualquier hora y lugar.
Hoy aprendí que navegar
no es llevar barco y timón,
ni saber cada maniobra,
ni anticipar la ocasión.
Es escuchar cuando el viento
te dice por dónde ir.
Es equivocarte un poco.
Es observar.
Es compartir.
Es un patrón que te enseña
porque enseñar es su pasión.
Es Javier buscando las doce
para compartir cada ocasión.
Es Manuel mirando atento,
conversando sin presión.
Es Helena sola en proa
escuchando el corazón.
Y es un aprendiz mirando,
empapándose de todo,
descubriendo poco a poco
algo difícil de explicar:
que quizá sentir el viento
sea otra forma de aprender
que no siempre hay que saber
a dónde vamos a llegar.
Por eso, si alguien pregunta
qué tripulación elegiría
para buscar algún día
dónde se esconde la felicidad,
no buscaría otros mares,
ni otro barco, ni otra gente:
con estos cinco sin dudarlo,
me volvería a embarcar.
Que es mi barco el Keepsailing,
que es mi rumbo navegar,
que es mi ley sentir el viento,
mi destino, disfrutar.
Y si la vida algún día
nos pregunta dónde ir,
larguen velas, compañeros:
Que si existe algún confín
donde se esconda la felicidad,
con esta tripulación a bordo…
yo me atrevo a irla a buscar.
JSR - 2 de Noviembre de 2026








