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viernes, 5 de octubre de 2012

Capitulo 3 - Sombras

"El fin de semana fue perfecto. Vamos a ver cómo se presenta esta semana".
Es el pensamiento que llevo en la cabeza mientras camino hacia mi despacho. Tengo un día de los que llamo "de codos". Un proyecto que me han encomendado necesita que lo "destripe" a conciencia, y me llevará un par de días hacer el primer diagnóstico y establecer unas primeras pautas para reconducirlo.
"Quiero pasar por un Fotoprix para hacer un encargo con un par de fotos de Elena que he copiado en un pen-drive: tendré que buscar hueco. Probablemente coma algo ligero y en el mismo despacho para adelantar todo lo que pueda e intentar terminar no muy tarde". … – Las ideas se siguen colocando en mi mente como buscando el mejor sitio posible…
Una vez en el despacho, intento concentrarme. Me quedo un momento mirando por la ventana hacia el mar… y transcurridos unos minutos ¡manos a la obra!. Cálculos, más recálculos, interpretaciones, conclusiones, cuadros etc…, y entre números, letras y un hilvanado de conjeturas, la mañana ha pasado volando y llegó la hora de comer algo. Los días siguen estando buenos, así que decido prepararme una ensalada bien "acrecentada" y enriquecida con condumio extra y tomármela en la terraza.
Vivo en una casa antigua de una sola planta, bastante amplia, comprada y restaurada hace 4 años y que considero una de las mejores inversiones que he hecho, no tanto por su valor, sino por las posibilidades que tiene y lo que me permite disfrutar. Tiene 4 habitaciones espaciosas, una de ellas convertida en despacho, salón, cocina amplia, 2 baños, un patio interior, una antigua despensa que se reconvirtió en un pequeño estudio fotográfico y una terraza. A un costado, cerca de la entrada principal, hay habilitado un garaje como para dos coches. Está ubicada junto al paseo marítimo de Taliarte, y justo en ese lado es en el que está la terraza. Es bastante amplia también y está cubierta por una techumbre imitando un patio canario, que se apoya al frente en cinco balaustres de madera restaurados que a su vez descansan sobre un muro de aproximadamente 1,20 m. Hacia la mitad tiene una puerta-cancela que da acceso directo al paseo a través de un parterre exterior de 1 metro de fondo, lo que me permite poder disfrutar de las vistas del mar mientras estoy sentado. Es uno de los espacios de la casa de los que estoy más contento. Ya sea verano o invierno, estar sentado en dicha terraza, mirando al mar, leyendo un libro, o, simplemente, manteniendo una charla, son de esos momentos que "no tienen precio". Así que ahora le voy a dar uno de los usos que más me gusta, disfrutar de un almuerzo ligero al aire libre pero a cubierto del sol.
Son las 2 y media de la tarde cuando acabo el festín. Me quedo un rato más disfrutando de las vistas sin levantarme de la mesa, que se encuentra a uno de los lados de la terraza. E inevitablemente la imagen de Elena vuelve a aflorar en mi mente. Estará trabajando todavía, pienso. Cojo el móvil y le escribo un mensaje.
Hola. Todavía tengo resaca de nuestra cita de ayer, y no quiero que se me quite. Espero que estés teniendo un buen día. – pulso enviar, y me quedo impaciente esperando a ver si hay respuesta. Pero no llega. No llega.
He recogido la mesa, he lavado todos los enseres que he usado en la comida y he vuelto por un momento a la terraza. Saco otra vez el móvil y lo miro, pero sigue en silencio. Ya es hora de volver a la faena, así que entro en el despacho y me dispongo a continuar con mis diatribas. Bip-bip, el móvil suena, lo cojo y miro impaciente. Sí, es de ella.
No es bueno estar con resaca, produce dolor de cabeza. Y ya sabes, hoy es lunes – es lo que aparece en su mensaje.
Si, es lunes para todos. ¿te puedo ver hoy? – le respondo.
Pasa un tiempo y aparece otra respuesta – No sé. Mis días son algo complicados.
¿Y llamarte? – le escribo.
Veré si puedo buscar un hueco en cualquier momento y te aviso – me responde.
Vale. Esperaré… - le escribo finalmente. Y me quedo mirando la pantalla pensativo y algo preocupado. Serán imaginaciones mías, pero me ha parecido distante. Igual la estoy presionando demasiado.
Quiero apartar esos pensamientos, así que vuelvo a la faena.

Ha pasado un día. Y aunque he intentado no pensar en ello, desde que ayer se cruzaran los mensajes, pensamientos de preocupación me han estado asaltando y martilleando la cabeza. Y ahora, ya casi tarde-noche, estoy nuevamente sentado en la terraza algo meditabundo. No he querido en todo este tiempo insistir, pero necesito poder erradicar esos malos pensamientos, o, al menos, afrontarlos con conocimiento de causa, así que aunque pueda parecerle mal, la llamo.
Después de 5 tonos de llamada - ¿si? – No es Elena.
Hola, soy Iván…, quería hablar con Elena si es posible. – digo.
Hola Iván, soy Maite.- me responde.
Ah! Hola Maite, ¿qué tal estás? – digo, mientras una extraña de sensación entre incertidumbre y preocupación me aborda.
Bien, bien, ¿y tú?  - oigo al otro lado.
Bien también. ¿está Elena? – le pregunto intentando acelerar el tiempo.
Sí…, pero…, ahora no puede ponerse, por eso lo he cogido yo – y su tono de voz suena  como a excusa, por lo que vuelvo a la carga.
Pero, ¿está bien? – mi voz suena casi a exigencia, por lo que intento bajar el tono y que parezca más tranquilo.
Si, si, es que ahora mismo no puede ponerse. No te preocupes, hablo con ella y… - se produce un silencio como si estuviera sopesando posibilidades – mira, mejor…, llámala en 5 minutos que ya me encargo de que pueda cogerlo. – suena mejor.
Vale, la llamo en 5 minutos. Gracias Maite – de nada, me responde – hasta luego – hasta luego y cuelga.
Me he quedado intrigado. Es raro que no haya encontrado ni un hueco para hablar aunque sea 1 minuto,  y la expresión "…ya me encargo de que pueda cogerlo" ha sonado casi como una amenaza.
Posiblemente han sido los 5 minutos más largos que hayan existido. Pero puntualmente tan pronto el último segundo se va indicándome que ya han pasado, la vuelvo a llamar. Quinto tono…
Hola - ¡ay esa vocesita!
¡Hola! …¿estás bien? – pregunto.
Si, si. –responde.
¿seguro? – insisto.
Si, si. ¿y tú como estás? – cambia de tema.
Bien…, bueno, no del todo. Me he quedado bastante fuera de juego desde nuestros mensajes de ayer, y al ver que hoy el tiempo se marchaba sin saber nada de ti empecé a preocuparme. – consigo decir intentando que suene tranquilo.
¿Pero por qué te preocupas? – me dice como si se estuviera riendo de mi – no tienes por qué.
Bueno, digamos que soy así. 2 días casi sin saber de ti después de 2 días que para mí fueron un lujo, suena a vacío. Y empezaba a pensar si es que te has cansado de mí, o si realmente soy un estorbo. – le respondo con aire un tanto serio.
No, por favor. No es nada de eso. Es que… – se ha hace un pequeño silencio – ya te dije que mis tardes entre semana son bastante complicadas. Ayer terminé rendida y me pareció demasiado tarde, y hoy, pues voy por el mismo camino.
¿Te puedo ayudar en algo? En serio, dime si necesitas cualquier tipo de ayuda que nada me agradaría más que ayudarte. – y espero su respuesta.
No…, no…, no te preocupes.- me lo dice una voz triste…, y empiezo a preocuparme.
Elena, por favor. No sé qué es lo que pasa, pero sé que algo te inquieta o te incomoda. Y si en mi mano está el ayudarte a evitarlo, por favor, dímelo – intento que mi voz suene calmada y tranquilizadora.
Gracias. De verdad. Pero no creo que puedas hacer nada.., lo siento pero te tengo que dejar – y su voz empieza a sonar quebrada.
No te vayas así por favor, sé que no estás bien y me siento impotente porque quiero ayudarte y no sé cómo hacerlo – intento que permanezca al otro lado.
Es que me tengo que ir. Ya… nos vemos, hasta luego… - y consigo oír un sollozo en el momento en que cuelga.
Elena….. – es inútil, ya ha colgado.
No puedo permanecer impasible. Necesito saber qué es lo que pasa. Vuelvo a marcar.
Y después de bastantes tonos de llamada, responden. Adivino que es Maite.
Hola Maite. Perdona que moleste, pero, por favor, me gustaría saber si Elena está bien. Me ha dejado preocupado… - y espero su reacción.
Hola Iván. Tranquilo. Digamos que no es uno de sus mejores momentos y que tiene que organizarse un poco, pero supongo que todo llegará – me dice como si quisiera trasladarme tranquilidad pero a la vez con un tono de cierta incredulidad.
No sé. Me he quedado con bastante mal sabor de boca y me gustaría pasar a verla y hablar con ella. No sé qué es lo que le preocupa ni tampoco sé si puedo hacer algo por ayudarla, pero al menos intentar tranquilizarla. ¿Crees que sería posible? –le pregunto.
Pues … - se hace el silencio como si estuviera meditando mi petición – mira, no creo que le haga mal, al contrario – termina diciendo.
Entonces ¿puedo ir? – la pregunta me ha salido como si fuera un niño pidiéndole permiso a sus padres.
Te espero. ¿Sabes el piso que es? – me pregunta, y cuando le respondo negativamente, continua - 2º A. toca el interfono y yo te abro.
Vale. Estoy en un momento. Gracias Maite. Nos vemos ahora – nos despedimos y cuelgo.
No soy consciente del tiempo que he tardado en llegar, pero creo que ha sido bastante poco. Voy subiendo las escaleras por no esperar el ascensor y al asomar al descansillo del segundo piso veo a Maite en una puerta. Sonrío, me acerco, ahora más despacio, y la saludo con un beso en la mejilla. - Pasa – me dice - .
La entrada es bastante acogedora, sencilla pero muy acogedora. Pasamos por un pequeño pasillo hacia el salón y cuando nos acercamos Maite dice – ¡Elena, tienes visita!.
Cuando asomo la veo sentada, medio acurrucada en un sofá,  y se queda atónita.
Hola – digo, simplemente.
Hola, ¿qué.., qué haces aquí? – sus ojos siguen siendo hermosos, pero están repentinamente dilatados.
Vine a verte – digo intentando parecer alegre.
Pero… - Maite la interrumpe, y le comenta que ella me había dicho que podía venir si quería, al tiempo que se excusa diciendo que si la necesitamos estará en la cocina.
¿Estás enfadada? – pregunto como si estuviera pidiendo perdón por algo.
No – es su respuesta, pero ha sonado tajante.
¿Me puedo sentar a tu lado? – le pregunto cuando veo que el silencio se iba a apoderar del momento. Está nerviosa, lo noto.
Si. – lo dice ahora más suavemente, y retira un cojín como para que me siente. Lo hago y me quedo mirándola. Sus ojos están fijados al otro lado, no sé si en la televisión o intentando escapar por alguna rendija.
Dame tu mano por favor – le pido.
¿Para qué? – me pregunta desafiante.
No te la voy a quitar. – le doy por respuesta.
Tiendo mi mano, haciéndole señas de que me de una de las suyas, y al rato cede y pone su mano junto con la mía. La cojo con mis dos manos, y sin decir nada, empiezo a masajearle la palma, el dorso, los nudillos y la muñeca. Noto que la mano se le va relajando. Su cara ahora está tensa, pero intuyo que no por enfado, sino por alguna extraña pelea que está librando consigo misma. Sus ojos están enrojecidos, por lo que adivino que después del sollozo que oí cuando hablamos por teléfono vinieron las lágrimas.
¿Qué te pasa Elena? – le digo con voz suave.
¡Que la vida es una mierda¡ - exclama de forma tajante.
No. La vida no es una mierda. Aunque a veces nosotros mismos nos empeñamos en sembrarla de eso. Yo formo parte de eso que llaman vida, y no me considero para nada una mierda – y me quedo mirándola.
No lo decía por ti.- se recoloca en el sofá, ahora más derecha y algo inclinada hacia mí. No le he soltado la mano, por lo que se recuesta sobre sus rodillas.
Hum, esa pose me recuerda una imagen tuya que tengo grabada del sábado en la playa. – le digo sonriendo, y milagrosamente veo que un intento de sonrisa aparece aunque solo fugazmente en la comisura de sus labios.
¿Qué es lo que te preocupa?. – le insisto, mientras sigo masajeando su mano.
Estoy hecha un lío. Mi vida no es que fuera de rosas. Pero era una especie de caos controlado. Y ahora… - se calla -.
Ahora ¿qué? – le pregunto, manteniendo un tono de voz suave.
Ahora…, ahora vuelvo a..., experimentar cosas. Cosas que me había propuesto desterrar…, y…, no sé si quiero desterrarlas. Tengo obligaciones que no puedo ni quiero eludir y tengo miedo de que me pueda afectar. Es lo último que quisiera porque es lo único que tengo. – se calla.
Entiendo…, y yo soy el causante, al menos en parte si no en todo, de que lo que tu llamas "caos" se haya descontrolado. – me mira con cierto asombro -.
Se ríe - No quiero que pienses eso. – dice – lo que ocurre es que no quiero que algunas cosas que son muy importantes para mí dejen de serlo.
Por mucho que yo quiera ser algo importante en tu vida, y te juro por lo que quieras que ahora mismo no hay nada que me haría más feliz, no quiero que cambies la percepción que hasta ahora has tenido de las cosas. Solo que me gustaría formar parte de tu vida y que me hicieras un huequito en ella para irnos conociendo. Te vuelvo a decir que en todo en lo que te pueda ayudar lo haré, eso al final también es un grado de compromiso. Recuerda lo que te dije ayer. – sus ojos me siguen mirando. Su cara parece que se relaja por momentos.
Mira Elena, si algo he aprendido en mi vida es que si de verdad deseas algo debes hacer todo lo posible por conseguirlo. A veces los obstáculos no son más que escalones a los que hay que subirse para tener una visión mejor de las cosas. – le sigo acariciando la mano – Permíteme que comparta tu tiempo con el mío. Y si hay algo que tú consideras muy pero que muy importante, te garantizo que no voy a ser yo quien te lo ponga en peligro.
Pasa un momento y luego se levanta del sofá, sin soltarse de mis manos, y me dice – ven.
Me levanto y la sigo intrigado, Nos adentramos pasillo adentro, pasamos por delante de la cocina y veo de pasada a Maite apoyada en la encimera de la cocina con una taza entre las manos. Nos paramos junto a una puerta casi al final del pasillo. Elena la abre muy despacio pero no del todo y, sin soltarme la mano, me dice – esto es lo que marca mi vida ahora mismo y es lo más importante para mí.- Me hace un hueco y me asomo: Una preciosa niñita duerme placenteramente. Una emoción muy fuerte llega a mis ojos, y a la vez noto que apreto inconscientemente la mano de Elena. Me giro hacia ella y me quedo frente a frente, con lo que creo que es una sonrisa en mi cara y mirándola a los ojos. Sus ojos están expectantes, muy brillantes, casi nadando en lágrimas que no terminan de lanzarse a sus mejillas y creo que los míos se van a contagiar. La rodeo con el otro brazo por la espalda y la atraigo para refugiarla en un abrazo. Suelto la otra mano y la abrazo más fuerte. Necesito apaciguar sus temores, necesito que se sienta segura. Ahora creo que entiendo de qué tiene miedo. Noto que empieza a sollozar, por lo que suelto una mano y cierro suavemente la puerta para volver a abrazarla nuevamente. Sus sollozos ya no son contenidos, rompe a llorar casi silenciosamente… Y así nos quedamos un momento. Solo sé que necesito devolverle la tranquilidad.
La intento llevar hacia el salón, y al pasar por la cocina, Maite se asoma y se abraza a ella. Me aparto, mientras le dice – ay Elena, Elena. Tranquilízate, pequeña, todo saldrá bien -. Cuando se separan, me hace una seña y me acerco para acompañarla. Nos sentamos nuevamente en el sofá. La mantengo abrazada y con su cabeza apoyada en mi hombro, y mientras se seca las últimas lágrimas con el puño de su blusa, su respiración se va acompasando y relajando poco a poco. Después de un tiempo, al que no soy capaz de establecer medida, y que me ha parecido eterno, levanta lentamente su cara y me mira por un instante, para  inmediatamente, y como si se hubiera acordado de algo que no hubiera hecho, pasarse el antebrazo por su cara y exclamar – ¡Dios, debo tener una pinta de piltrafa! –.
Pues es una piltrafa preciosa – afirmo. Ella se queda pensativa como intentando recomponer su mirada, a la vez que imaginariamente intenta arreglar su cara a toda prisa.
¿De qué tienes miedo Elena? – le pregunto finalmente, a la vez que le acaricio el brazo por donde la tengo abrazada intentando transmitirle serenidad y tranquilidad. – No creo que me equivoque si imagino que esa cosita preciosa que he visto en la habitación es tu hija, y creo que tienes toda la razón del mundo de decir que es lo que te marca tu vida y que es lo más importante para ti. Pero estoy perdido, porque no soy capaz de ver algo que para ti parece que es evidente. Lo que sí quiero que tengas claro es que jamás se me ocurriría pretender anteponerme a "tu" vida o a "su" vida, y que cuando te pedí que me permitieras conocerte y compartir mi vida, lo dije con todo lo que ello signifique.
Elena hace un gesto como de asentimiento, se recoloca y me hace girar para quedar frente a frente, y con la voz todavía algo temblorosa me dice:
Ana es lo más bonito que me ha pasado en la vida. Fue el fruto de algo que pensé que iba a ser para siempre, pero parece ser que la "otra" persona no pensaba lo mismo. No quiero que sienta ningún vacío en su vidita, y es por eso por lo que cualquier momento que tengo lo quiero pasar con ella. Necesito pasarlo con ella. Que se sienta arropada y querida. No tiene culpa de los errores que han cometido sus padres. – hace un silencio y me mira como esperando alguna reacción, y continua – Ahora te he conocido y…, no quiero que eso altere lo que hago…, el tiempo que paso con ella. El pasado fin de semana he estado alegre por mí misma, he revivido cosas que me había obligado a olvidar y el hecho de que ella estuviera ese fin de semana con su padre me hizo sentir peor después, simplemente por pensar que me estaba anteponiendo a sus necesidades. Maite me dice que hay tiempo para todo, pero la impresión que tengo es que voy a defraudar a mi pequeña, y eso es lo último que quiero. Estoy hecha un lío – y se tapa la cara con las dos manos en forma de puños.
Tienes razón – le digo, a la vez que le separo las manos de su cara y se la levanto ligeramente -. Probablemente necesitas pasar todo el tiempo posible con ella, y ella también. Tu hija te necesita, eso es indiscutible. Pero coincidirás conmigo en que al final tienes tiempo para ti y tiempo para ella. No creo que debas castigarte si el fin de semana te divertiste o lo pasaste bien. Era tu tiempo e hiciste el mejor uso de él que pudiste…, y espero haber contribuido en algo a que lo hayas pasado bien. Ahora que está contigo, es su tiempo el que importa y debes estar con ella. Pero comparto la opinión de tu hermana: hay tiempo para todo. No quiero, ni voy a interferir, en lo que quieras hacer con Ana, en el tiempo que quieras pasar con ella. Pero sí me gustaría que pensaras si en algún momento, cuando estés pasando ese tiempo con ella, me dejarías, simplemente, estar presente. El cuándo y el dónde, lo pones tú. Y mientras eso llegue, permíteme que, por ejemplo, cuando la acuestes te pueda llamar, o pasar a verte 5 minutos. Ya con eso para mí sería más que suficiente.
¡Pero no te dije nada! – me dice -. Tenía que habértelo dicho, y así podías haber elegido seguir tu camino. Ahora has visto que tengo una hija, a la que adoro,  por la que haría cualquier cosa y que está por encima de cualquier cosa, y no quiero que te sientas obligado a nada. Es mi problema, no el tuyo.
Por favor, no digas que tu hija es un problema – le digo de forma tajante -. Te lo acabo de decir: me gustaría que en algún momento me dejaras estar contigo cuando estés con ella. Te soy sincero de la misma forma que te digo que me gustaría que contaras conmigo para lo que puedas necesitar. No es justo agobiarse por algo que puede tener solución de forma fácil, y creo que cuando se trata del bienestar de una hija, hay que ser egoísta.
Asiente con la cabeza. Ahora los puños los tiene en su boca como intentando impedir que algo salga de ella. La vuelvo a abrazar y la noto algo más relajada.
¿Cuántos años tiene? – intento cambiar de tema -.
Casi cuatro. Los cumple el viernes. – me dice con orgullo.
Eso es lo que quiero ver en tu cara – le digo haciendo un ademán de ¡por fin!.
¿El qué? – me dice como sobresaltada.
Brillo. En tu cara y en tus ojos. Y debes luchar porque ese brillo no se apague nunca – le digo mientras le señalo con el dedo índice a su cara. - No tienes por qué hacerlo por ti, pero sí por ella ¿vale?. – y vuelve a asentir-.
Nos quedamos un momento sin decir nada, solo con las manos cogidas. Noto que está más tranquila, aunque he de decir que todavía tengo miedo. Miedo a que, finalmente, prefiera no saber nada de mí.
¿Estás mejor? – pregunto tímidamente.
Afirma con su cabeza, con movimientos repetitivos y casi rápidos.
¿Quieres que haga algo?¿quieres tomar algo?
No…,
Y al momento aparece Maite con una taza humeante. Debe ser alguna infusión – tómate esto Eli – y después de una negativa inicial desganada, acepta tomárselo. - ¿quieres una infusión Iván, o un té, algo? – a lo que le doy las gracias pero rechazo la invitación. Mira a Elena - ¿estás mejor? – se miran, Elena le dice que sí, y se cruzan una sonrisa de agradecimiento y reproche a la vez – ay, ay, ay…- termina diciendo Maite, a la vez que se retira.
Estoy sonriente, contagiado por el comentario de Maite. Elena me mira, y seriamente me dice: ¡no te rias!.
No me rio – le respondo. Pero sigo riéndome, y consigo dibujarle también una sonrisa en su cara mientras bebe de la taza que ahora tiene  agarrada con las dos manos. Me quedo mirándola con mi cabeza apoyada en mi mano y con el codo reposando en el espaldar del sofá, ligeramente de lado.
Cuando termina el último sorbo le digo - Ya es tarde, creo que el final del día ha sido algo agitado y tienes que descansar – así que, señorita, le ruego por favor que encierre sus temores, y después de darle un beso de buenas noches a su preciosa hija, se acueste pensando en la mejor de las sonrisas que le has visto. Y si me lo permites, mañana te llamo ¿vale?
Te pareces a mi hermana dando órdenes – dice.
Bueno, si son como la que le he dado señorita, comparto su interés. ¡Arriba! – me levanto y le tiendo las manos para ayudarla a levantarse. Cuando lo hace, me acerco más y la abrazo - ¿vas a hacerme caso y vas a hacer lo que acabo de decirte?-.
Si, vale…. – le oigo decir simulando resignación.
¿Y puedo llamarte mañana? – …
Si, vale… - repite el gesto.
Te tomo la palabra – le doy un beso en su pelo y me separo -. Pues bien señorita, muy a mi pesar, debo decirle adiós. – le paso la mano por su mejilla – Hasta mañana. - y me dispongo a salir.
¡Hasta luego Maite! – digo en voz alta. Maite sale de la cocina y se acerca sonriente.
Hasta luego Iván, y gracias por venir – me da un beso en la mejilla.
Ha sido un placer -  me vuelvo para Elena - , de verdad.
Tú también debes irte Maite – le dice Elena.
Ahora mismo, ya David está abajo – le responde, y se retira.
Gracias – le digo a Elena.
¿Por qué? – pregunta sorprendida.
Por no patearme cuando vine. Creo que estuviste a punto. – observo que sonríe.
Dale un beso a tu pequeña de mi parte. Hasta mañana. Te llamo yo, "no sea que se te olvide" – le digo recalcando las últimas palabras.
No seas malo. No se me va a olvidar. – Se acerca y me da un beso en la mejilla, y yo le devuelvo otro en el otro lado – Hasta mañana – le digo, y me alejo hacia las escaleras. Sigue de pie en la puerta, y cuando voy a perderla de vista, le lanzo otro beso, que a su vez me devuelve, y que me acompaña mientras bajo…
Al llegar al hall del portal, veo que Maite también ha bajado las escaleras y me alcanza. La espero y le abro la puerta. Al salir me agarra por el brazo, me dice – Gracias por venir Iván-  y me da un abrazo que me coge por sorpresa – Creo que ha sido la mejor medicina que podía tomar, y confío que le haga efecto, de verdad –.
Bueno, nunca me han comparado con una medicina, pero si es para lo que es, no me importaría que tuviera una sobredosis – y reímos.- Un coche se aproxima, hace una seña con las luces y Maite termina de bajar los escalones hacia la calle –Hasta luego – me dice a la vez que sube al coche. Veo a David al volante y le hago un gesto con la mano mientras también les digo "hasta luego".
Empiezo a caminar en dirección a donde he aparcado el coche, y los momentos pasados en las últimas dos horas vuelven a proyectarse en mi mente.
No será fácil que Elena erradique esos miedos internos que tiene, pero confío en poder ayudarla, aunque lleve tiempo. Mañana ya me pondré a ello. Ahora ya es tarde, y prefiero quedarme con su última imagen más relajada.

8:30 de la mañana. Llevo un rato ya trabajando en el despacho. Le envío un mensaje: "Mua, mua. Buenos días, preciosa. ¿has dormido bien?".
Un momento después, obtengo su respuesta: "Mua, mua. Buenos días caballero. Sí, he dormido bien. Anoche tuve una visita inesperada que me ayudó".
¿Debo estar celoso? – le escribo.
Pues a lo mejor – me responde.
Bien, entonces, lo tendremos que aclarar. Ahora a trabajar. Y recuerda, te llamaré…  tengo tu permiso - pulso enviar.
Hasta después – es su respuesta. Bueno, al menos veo que no descarta que la llame.
En ese momento, marco su número.- ¿si?- es su voz algo extrañada al otro lado.
"Mua, mua. Buenos días, preciosa. ¿has dormido bien?". – le repito lo mismo que había pasado en el mensaje. Y oigo su risa comedida al otro lado.
Pues sí. Como te dije alguien vino a verme ayer y me dijo algo que me ayudó a dormir – me dice en tono muy divertido.
Ya, ya…, tendremos que hablar sobre esa visita, pero ahora toca trabajar, así que deje de hacer el ganso señorita y póngase a producir – ha sonado como a una alegre reprimenda – y recuerde que podré llamarla más adelante.
Si, si…, usted llame, que ya veré yo si lo cojo – y ríe. Al menos sé que no lo dice en serio.
Más le vale. Hasta luego – termino.
Hasta luego – y cuelga.
Me quedo pensando un rato, mirando por la ventana. Y entonces decido hacer algo…

11:40 de la mañana.
Buenos días, por favor, ¿la señorita Elena Martín? – y después de recibir las indicaciones de la recepcionista, el mensajero se dirige a la segunda mesa de la sala contigua.
¿La señorita Elena Martín? – pregunta.
Sí, soy yo.
Una entrega personal. – el mensajero le tiende un paquete grande y a la vez le da un talonario de albaranes para recoger su firma. Le da una copia y se va – hasta luego, buenos días.
Hasta luego – le responde mientras mira perpleja el paquete en forma rectangular y de tamaño un tanto "no habitual", que le ha dejado.
Abre el envoltorio exterior para dejar ver una caja de color verde con una cinta dorada que la cruza y envuelve por todos los costados, acabando en un lazo.
¿Y eso? - Preguntan casi al unísono sus dos compañeras que al ver el paquete se han acercado.- Ay, ay, ay, que Elena tiene un admirador, ¡se admiten apuestas!. – y se colocan a su alrededor – venga, venga, ábrelo ya -.
Deshace el lazo, quita la tapa y aparece un sobre color granate unido por una esquina con cinta adhesiva a algo que ocupa toda la caja, de forma rectangular  y que está envuelto en papel de muchos colorines.
Abre el sobre y lee para sí una nota que dice:
"No tengo un celular con diamantes
de muchos kilates pa' impresionar,
pero tengo una buena conversación
con la que te enamoro más y más.

No tengo ropa de Versace
ni musculatura dura pa' enseñar,
pero tengo un par de brazos desnudos
que muy fuerte te van a abrazar.

No soy como Mariah Carey
con un jacuzzi lleno de agua Evian,
pero tengo una chocita en la playa
pa' que te bañes con agüita de mar.

Hablar vale más que un iphone,
y más cuando alguien te quiere escuchar.

Mi compromiso vale más que el anillo,
no hay palabras si no hay corazón.
El silencio vale mas que un grito
cuando el grito no es por amor.

Tu mirada vale más que el oro
y enseñarte vale más que un tabú.
Y aunque pueda tenerlo todo, todo,
nunca hay nada si me faltas tú".

Estos son fragmentos de la letra de una canción que podría expresar sencillamente lo que me gustaría que supieras y pensaras de mí ahora mismo.

Me encantaría en algún momento poder gritar al aire el título de esta canción.
Con toda mi devoción, Iván.


¡Qué!, ¡qué! – le gritan sus compañeras cuando ven que ha terminado de leer. Una de ellas intenta quitarle la nota, pero no lo consigue.- ¡Ajá!…., ¡pero si estás emocionada!. ¿es de quien imaginamos? – le preguntan.
Hace un gesto de asentimiento, completamente sonrojada y se quita tímidamente las lágrimas que han conseguido rebasar el límite de sus párpados. Una de sus compañeras le acerca un kleenex y la abraza. Una vez repuesta, se dispone a abrir el paquete.
Al hacerlo aparece un lienzo de 40x50 con la reproducción de la fotografía hecha en Maspalomas en la que aparece en tres momentos distintos jugueteando en el agua. En una esquina, una nota que dice:
Quiero compartir contigo uno de los momentos más bonitos y naturales que tengo grabados en mi mente. Fíjate que no había luz, solo sombras, y, sin embargo, relucías y estabas feliz. En la vida real también puede ser así.
Las lágrimas vuelven a saltar de sus ojos. Las dos compañeras la abrazan y le hacen muestras de cariño. Las tres miran el lienzo.

11:45 pasadas. Estoy sentado mirando una copia de la foto que le he enviado a Elena.
Suena mi teléfono. Lo cojo. Es ella.
Hola – digo al descolgar.
¡Es precioosoo! – exclama con una voz muy dulce.
Me alegro enooormemente de que te haya gustado – le digo.
Me encanta. ¿cómo se te ocurren estas cosas?.
No se me ocurren, es lo que pienso, y las digo. – le respondo.
¿Cómo se llama la canción? – me pregunta como si hubiera cometido un delito.
Yo tengo tu amor – le digo, y se hace el silencio.
Me gusta – termina diciendo.
A mí también – le ratifico.
Te llamo a la tarde ¿vale?. – me dice.
Vale, hasta después. Mua, mua. – le digo.
Hasta después.  – Un beso se oye al otro lado.
Y colgamos.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Capítulo 2 - Pétalos al viento

Estoy recostado en la silla mirando la pantalla del ordenador mientras la impresora se esfuerza por pintar una imagen. Estoy completamente cautivado por la foto que ahora mismo se muestra: Elena tapándose la cara con sus manos mientras sus ojos intentan escaparse entre sus dedos para ver.

Son casi las 2 de la mañana. Hace un buen rato que llegué, pero no pude resistirme a un impulso irrefrenable para ver las fotos que le hice. Y me puse a ello. Ya las he volcado en el ordenador y las he estado revisando todas, pero esta foto…, tiene algo especial.

La impresora expulsa la hoja de papel fotográfico que ha estado garabateando, la cojo y me quedo mirando: ¡preciosa!.

Una extraña sensación de alegría y júbilo me invade. Apago la impresora y el ordenador y decido irme a descansar. No sé si dormiré, porque hay muchas sensaciones, muchas imágenes que se agolpan en mi mente pugnando por sobrepasar la fina línea de mi subconsciente y ser protagonista de mis pensamientos. Enredado en esa sensación, dejo que mi mente los decore mientras cierro los ojos para tener una mejor visión, o, simplemente, intentar dormir.

Abro los ojos. Es de día, la luz del sol está entrando por la ventana de mi habitación. Me desperezo y miro el reloj: las ocho, ¡buena hora!.

El día está claro, sin apenas nubes, y el sol irradia alegría. La misma que siento desde que me he levantado. Una continuidad de la euforia que me acompañó en mis sueños.

Sus ojos me siguen mirando. Una sensación de impaciencia me embarga, y sé qué es lo que lo causa. No sé si llamarla. Igual me precipito y vuelvo a los días nublados. Pero también es cierto que no quiero que esta oportunidad que se me ha presentado como regalo del cielo, pase indiferente.

Cábalas y más cábalas que no conducen a nada, cuando la realidad es que me encantaría verla…, aunque deje el momento a su elección.

Decido mandarle un mensaje. Así, si está dormida aún, no la despertaré.

Cojo el móvil y escribo: Buenos días. Espero que hayas dormido bien. Ayer fue un gran día, al menos para mi. Y me encantaría verte de nuevo…  - pulso enviar y suelto el móvil sobre la mesa como si hubiera hecho una travesura.

No tenía planes para este Domingo, y mira por donde, nada más que pensar en que a lo mejor la veo otra vez me completa el día. Es curioso cómo cambian las cosas cuando algo o alguien te hace recuperar la luz que se te había apagado o que no eras capaz de ver. Y cómo los sueños pueden hacerse realidad, pero tienes que perseguirlos.

Bip-bip. Miro la pantalla del móvil. Un mensaje ha entrado. Y como si me hubieran descubierto por alguna fechoría, cojo el móvil y abro el mensaje. ¡es de Elena!

Buenos días. He dormido muy bien y la tarde de ayer me encantó – aparece escrito en la pantalla.

¡oh, oh! No dice nada de vernos – me quedo apesadumbrado.

Bip-bip. - Otro mensaje, también de Elena. Lo abro – ¿me estás pidiendo una cita?

¡fuegos artificiales! … ¿o está jugando?

Cojo el móvil y marco su número.

Hola – responde,  y esa vocecita penetra hasta lo más profundo de mi mente.

Hola. ¡Si!. – consigo decir.

¡Qué!

Que Sí. Que te estoy pidiendo una cita. – suena una risa al otro lado, que también me hace sonreir. – Ya veo que al menos le alegro el día señorita, lo cual me complace enormemente.  Qué, ¿le parece divertida mi proposición?

No, no.. bueno sí. Es la forma en que lo has dicho – responde.

¡Ah! ¿Y la respuesta es…? – digo.

Bueno…, podría ser. – dice con tono divertido.

En ese caso señorita, le comunico que aceptaré gustoso las condiciones para que "pueda ser" – le digo también en tono divertido.

Ríe al otro lado del teléfono – ¿cualquier condición?.

Es un riesgo que  asumo. Creo que el verla nuevamente compensará cualquiera que pueda imponerme. Solo dígame cuándo y dónde.

Esto es casi como una cita a ciegas… ¡vale!..., Pues digamos a las once y dónde mismo me dejaste ayer – dice finalmente – Y la condición te la digo más tarde. ¡ah! Eso sí. Aparca en algún lugar y nos vemos en la entrada.

¡A sus órdenes señorita.! – exclamo. – Allí estaré. Ya estoy impaciente.

Pues, hasta luego entonces, caballero.

Hasta ahora… - y cuelgo.

¡Faltan 2 horas todavía!, y rápidamente, como si ello hiciera que el tiempo fuera más deprisa, empiezo a prepararme para salir.

 

Hace media hora que llegué, y estoy apoyado en un borde de una especie de escaparate sobresaliente justo al lado del portal. El día sigue espléndido, y aunque intento distraerme con el escaso movimiento que hay en la calle, un reloj invisible machaquea mi cabeza, a la  vez que experimento sobresaltos cada vez que se ha abierto el portal, para comprobar que no era ella. Como ahora: el portal se abre,… ¡sí, es ella¡. ¡Está radiante! Su pelo rizado brillante como recién lavado recogido de igual forma que ayer y viste una camiseta manga hueco de color blanco con una cara de una chica pintada en blanco y negro por delante, pantalones vaqueros clásicos tipo pitillo, zapatillas de sport, también blancas, y lleva colgado un bolso bandolera de piel, de color negro y gris. Me alegro de haberme puesto vaqueros y zapatillas de sport también.

¡Hola!  - dice.

¡Hola! – digo.

Y dos besos en la mejilla se intercambian. Me separo un poco, mirándola y digo: ¡estás preciosa!

Gracias. ¿vamos? – dice, como si tuviera prisa.

Le hago un gesto galante a la vez que asiento y digo:- vamos.- Estamos bastante cerca de Triana, y vamos caminando hacia allí, entre bromas. Al llegar a la calle peatonal le digo, ¿Qué te apetece hacer?

¿Esto era una cita a ciegas, no? – me contesta.- Así que vamos a convertirla en una cita a ciegas – y sin mediar palabra saca un pañuelo de su bolso y riendo me dice – quítate las gafas -. Sorprendido hago lo que me dice, y veo como extiende el pañuelo, me lo pone en los ojos y lo ata suavemente por detrás. No la veo, pero oigo su risita y no puedo evitar reírme.

¡Vaya, vaya! – digo – ya veo que va a ser una cita de castigo. No sé que habré hecho para merecer esto.

Dijiste que asumías cualquier condición y solo te voy a poner dos.

¿dos? ¿y cual es la otra?

La otra es que tengo que estar en casa a las siete o siete y media como mucho – y lo dice con un tono que no adivino si es serio o indiferente.

Esa, si no puedo hacer nada para evitarlo, creo que la podré soportar –le digo-, pero esta… Además, si no veo me voy a pegar un leñazo en cualquier momento, y se convertiría en una cita  de centro de salud…, y esa no mola.

Se ríe - Tranquilo, no te preocupes, que estás muy guapo en plan gallinita ciega.

Tampoco puedo evitar reírme. -¿guapo? Más bien idiotizado. ¿y ahora qué?- Exclamo con los brazos extendidos como mostrando impotencia.

Vamos a pasear. – me dice.

Me quedo un rato con una sonrisa incrédula plantada en la cara, y al final, encojo mi brazo izquierdo solicitándole que pase su mano por él. Cuando noto que lo ha hecho, acerco más el brazo a mi cuerpo a la vez que le digo: bien, soy todo suyo señorita…

Y los dos reímos a carcajadas a la  vez que reanudamos la marcha.

Sé que vamos en dirección a Vegueta. Y agudizo todo lo  que soy capaz mis sentidos para intentar captar al máximo las sensaciones. Oigo gente pasar, conversaciones que se acercan y se van, incluso algún comentario sobre qué me pasa o por qué llevo un pañuelo en la cara, pero todo ello sin dejar de sentir su brazo sobre el mío e intentar adivinar mentalmente por donde vamos.

Por mis cálculos hemos subido hasta la Plaza de las Ranas, y estamos cruzando por el paso de peatones en dirección a La Catedral. Ya en el otro lado, seguimos hablando, gastándome bromas sobre lo que veo y lo que no, lo patoso que puedo resultar, y sobre lo que parecemos de esta guisa. Giramos a la izquierda, y se nota que hay más tránsito de gente, el bullicio se acrecienta, con lo cual adivino que estamos llegando al mercadillo de las flores y artesanía de Vegueta. Y nos metemos de lleno. Noto que me agarra el brazo algo más fuerte, puesto que con el gentío tiene que guiarme algo más firme para no toparme con todos los transeúntes.

Voy intentando adivinar de qué son los puestos por los que pasamos, para lo cual en ocasiones me da pistas, algunas claras y otras completamente rocambolescas, simplemente por despistar y ponerme a prueba. No obstante, creo que, salvo algún traspiés que otro (no sé si forzado o intencionado), voy saliendo más o menos airoso de la experiencia.

Me llegan olores que abren el apetito. Estamos ante un puesto de panes y dulces. Se para y pide a una dependienta que le ponga "dos de estos" y "unos cuantos de aquellos". Adivino que está haciendo señas de complicidad a la dependienta, porque comparten risita. Me quedo parado a su lado todo el tiempo, haciendo muecas y carantoñas. Ya que no puedo ver, al menos que no parezca un pasmarote.

¡Abre la boca! -  me dice.

¿eh? –respondo.

Abre la boca. Confía en mí .

No se, no se…. – digo, pero abro la boca, e inmediatamente noto que me ha plantado una milhoja de merengue.

A ver si eres capaz de comértela sin mancharte – me dice mientras ríe.

Me palpo la boca para detectar la forma y tamaño de la milhoja. La cojo, y sin despegarla de la boca, empiezo a chuparla para que el merengue no se me caiga. ¡Debo ser la atracción del lugar! – digo intentando parecer muy serio  - ¡señores, busquen la cámara oculta! – grito, y como respuesta noto un apretón fuerte en el brazo - ¡ay! , ¡y encima me maltratan! – consigo decir, mientras me hago a un lado, no sin antes golpearme contra un viandante, lo que me obliga a quedarme quieto y pedir disculpas sin saber a quién. Me agarra nuevamente del brazo y continuamos caminando, entre risas, mientras acabo con el merengue y me dispongo a comerme las dos placas de hojaldre que han quedado.

Una vez que he acabado, me repaso la boca con la lengua, me chupo escandalosamente los dedos, y con una exclamación de satisfacción me planto y le pregunto - ¿sería usted tan amable señorita de indicarme si tengo manchada la boca?- y oigo un  - ¡bueeeeno! Hay que limpiar aquí, - y noto que me restriega con fuerza con una servilleta de papel en el lado derecho de la cara – y aquí – y otro restregón en el lado contrario – y aquí -, un restregón más en la barbilla – y aquí – otro restregón en el labio superior – y aquíiiiii – y termina metiéndome la servilleta en la boca mientras ríe con más fuerza.

Estoooo, bien. ¿ha acabado usted de humillarme en público? – le digo con la servilleta todavía en la boca – porque si no es así, siga limpiando, no se corte. Total, un restregón más o restregón menos no se va a notar. -Su risa se incrementa a la vez que me quita la servilleta de la boca. Vale, vale, dice finalmente y después de pasarme otra servilleta, ahora más suavemente por los labios, me vuelve a agarrar del brazo para continuar la marcha.

¿quieres un bollo de anís? – me pregunta. A lo que le respondo - ¿sistema tradicional o por encaje a presión?. Ríe con fuerza y me responde – no, no, tradicional…, toma. 

Vale, pero me lo colocas tú en la boca. Y cuando lo hace aprieto firmemente los labios, con lo cual consigo pillarle los dedos por un instante, y cuando los suelto le digo – perdón, pensé que era parte del bollo, es que como no veo – y río. Ella también lo hace.

 

Continuamos andando, si a esto se le puede llamar andar. Después de un tiempo, sé que estamos ante un puesto de flores. Los aromas que respiro así lo delatan. Noto que Elena está callada, y me tira un poco del brazo, pero no lo suficiente como para que nos movamos, por lo que sé que está observando alguna planta. ¿Hay rosas? –le pregunto.

Si. – me responde.

Esto es un castigo – le digo en un tono tranquilo. Y a continuación levanto la mano como si estuviera llamando a alguien del puesto a la vez que digo – ¿por favor? – a lo que una voz femenina me responde – dígame caballero, ¿le puedo ayudar en algo?.

Si, por favor – noto que Elena me está mirando -. Tengo que comentarle una cosa, pero tengo un problema y es que se tiene que acercar para que se lo pueda decir al oído porque esta señorita que me acompaña no puede oírlo y, como habrá podido comprobar, tengo un castigo en los ojos que me impide ver lo que tiene en su puesto. – estoy casi seguro de que Elena sonríe pero a la vez está perpleja.

Sí, como no – la voz ahora es más alegre y casi divertida – usted dirá – y se me acerca poniéndose en medio de ambos.

¡Eh! ¿qué estás tramando? – dice Elena.

Nada en absoluto. Tengo que usar los medios de que dispongo ya que tengo algunos que han sido inutilizados al menos momentáneamente – le espeto – Señora, por favor – dirigiéndome a la mujer del puesto – ¿sería usted tan amable de asegurarse de que la señorita no se acerque demasiado mientras le hago la consulta?.

¡faltaría más! – esto va bien. Se ha unido al juego. – dígame – y se acerca a mi cara… En voz baja le susurro unas instrucciones y después de un par de monosílabos afirmativos y negativos que corroboraban o no sobre lo que le decía, exclama - ¡perfecto! ¡como no! – y noto que se adentra en el puesto.

Pues nada, hasta luego – le digo. Y dirigiéndome a Elena le comento – cuando quieras podemos continuar – creo que se ha quedado intrigada.

Eh, ah, ¿y ya está? ¿Qué le has dicho?– dice.

Solo he aclarado algunas dudas sobre plantas, nada más. – e intento parecer serio.

Venga ya…, ¿qué le has dicho?  - se ha puesto enfrente mío.

Le he hecho algunas preguntas sobre flores. – recalco -. Fíjate, yo que no veo no me preocupo, y tú que has tenido los ojos abiertos todo el rato te estás preocupando.

Y yo voy y me lo creo – dice en tono sarcástico.- eso es… - ¿abusar? – le termino yo la frase – no creo que estés en disposición de hablar de abuso…¡ja!¡ja! – y noto que aunque riéndose se resigna. -  le tiendo el brazo nuevamente. Se engancha y volvemos a caminar.

Han pasado unos cuantos minutos y estamos en otro puesto más adelante, en esta ocasión me está describiendo lo que hay en él: objetos de artesanía, calados, tapetes, manteles, etc.

¡Caballero, caballero! – oigo la voz femenina de antes que se acerca. Nos paramos. Yo me giro un poco a la vez que Elena – Señorita, un encargo para usted-. En mi mente dibujo la escena pero no consigo captar la reacción de Elena, que finalmente exclama - ¡qué bonito! ¿seguro que es para mí? – a lo que le digo – No podría ser para nadie más – dirijo mi hipotética mirada hacia donde supongo que está la señora y le digo - ¿pudo ser? – a lo que me responde – creo que si, y espero no haberme equivocado –. Si a la señorita le gusta es que hemos acertado – termino por decir. Tiendo la mano a la cartera la abro y me pongo entre Elena y la señora – lo que hablamos – le digo, a lo que ella me responde – pero le sobra… - y haciendo un gesto de tranquilidad le digo - no se preocupe, considérelo costes de complicidad, … y muchas gracias – la señora se retira muy agradecida y deseándonos toda clase de suertes.

Me giro hacia Elena y le pregunto - ¿te gusta?

¡Es precioso! – su voz denota emoción.

Bueno no sé exactamente qué flores te gustan, así que me he arriesgado.

Es precioso, ¿lo quieres ver? – me dice como si fuera una súplica.

No. Las promesas hay que cumplirlas. Además…,imagino que debe ser un ramo con 15 rosas rojas distribuidas circularmente, sobresaliendo de un "manto" de rosas blancas,  adornado en su parte superior por 3 rosas anaranjadas, toda la base del ramo y su contorno cubierta con musgo del que sobresale una orquídea blanca y roja, y alrededor algo de lluvia. Es un ramo y es un pensamiento. Es una manera de representar las sensaciones que me acompañan cuando estoy contigo. Espero que te haya gustado.

Es precioso. Me gusta mucho – y me da un beso en la mejilla que no esperaba – Se acabó la cita a ciegas – y tira del pañuelo quitándomelo.

Cierro los ojos un momento porque la luz repentina me escandila, me coloco las gafas en lo que recupero la visión, y, cuando lo hago, la veo enfrente mío, totalmente risueña, con la cabeza ladeada y el ramo cogido con las dos manos a modo de abrazo. Es una de esas imágenes que no se me borrarán nunca de mi archivo mental. Termino por decirle – Pues sí, captó lo que le dije. Pero debo añadir que a belleza no te gana.-

Le ofrezco mi brazo nuevamente y se engancha con un gesto alegre, para volver a unir sus manos sobre el ramo. Y así caminamos entre puestos, cruzando miradas de vez en cuando y hablando en silencio, como si no quisiéramos que el tiempo pasara.

¿Comemos? – le digo, y asiente con la cabeza y su cara sonriente.

Hemos entrado en un restaurante ubicado en una casa señorial, con un gran patio central en el que se distribuyen varias mesas. Estamos sentados en una de ellas cerca de una de las esquinas. Ya hemos pedido algunas cosas para picar, y el ramo comparte mesa con nosotros. Elena no para de mirarlo de vez en cuando y de acariciar alguna flor como si temiera que se descolocara.

En un momento de la conversación me dice – Antes dijiste que era un ramo y un pensamiento. ¿cuál es el pensamiento?

Bueno – le digo – es solo intentar plasmar con flores esas sensaciones que tengo cuando me acompañas o lo que me gustaría que vieras. Un mensaje silencioso de cómo te veo. Igual te suena ridículo, pero hay muchas maneras de decirlo sin palabras. El problema es que a veces no consigues decir todo lo que querías, pero ese es el riesgo que corres. Ese y que guste.

Me ha encantado, así que por ese lado ya puedes estar tranquilo. Pero me gustaría saber qué es lo que querías decir – y me mira de una forma entre divertida e intrigada.

Inclinándome un poco sobre la mesa hacia ella, y mirándola, le hablo de forma suave y pausada: Las rosas rojas son el lenguaje internacional del amor, de la pasión. Y las blancas de la pureza, de unidad. Se supone que cuando se combinan las dos lo que se transmite es una "mezcla" de sentimientos hacia la persona que las recibe, un sentimiento de unión. Por otro lado, las rosas naranjas no son un capricho. Están puestas para representar entusiasmo, el sentimiento de que algo está floreciendo. La lluvia alrededor indica frescura. La que tú tienes y que me haces sentir cuando estoy contigo. La orquídea en el centro te representa a ti. Una orquídea representa belleza, dulzura, sentimientos puros y sublimes, y quien la regala quiere expresar adoración. Además, como ves, es roja y blanca. Y por último, el musgo no es solo relleno. Se dice que un ramo cubierto de musgo representa una confesión de amor.

Termino mi explicación y le tengo cogida una de sus manos con las mías. Me mira con sus ojos completamente iluminados y brillantes. Creo que debo tener algo atascado en la garganta, pero intento que la voz no se me quiebre cuando le digo – He encontrado un tesoro, y no quiero perderlo. Llámame cursi si quieres, pero es lo que pienso. El que se cumpliera mi deseo de encontrarme contigo ya fue uno de los mayores premios en mi vida, pero que, además, me hagas sentir lo que siento no tiene precio. Tienes todo el derecho del mundo a mandarme a paseo. Lo último que quisiera es ser un intruso en tu vida, algo que te molesta. Lo entenderé… - y en ese momento me pone los dedos de su otra mano en mis labios como para que no hable más.

Baja la mano y la coloca sobre las mías y me dice – Estoy muy a gusto contigo. Y es lo más bonito y sincero que me han dicho en la vida. Mi deseo ahora mismo sería corresponderte. Pero hay muchas cosas que no sabes de mi.

Déjame conocerlas. No tengo prisa. – le interrumpo. – Mi ofrecimiento no es otro que el velar por ti si me lo permites. Y por supuesto compartir, aprender y conocer, siempre desde la sinceridad. Yo te he expresado lo que siento. Y tú también lo estás haciendo en definitiva. ¡Déjame conocerte! Yo dejaré que me conozcas… – y en un tono más risueño digo – de hecho ya estás conociendo que soy un romántico…, ¡de todo tiene que haber en la viña del señor!

Sonríe y le digo - Quiero ver esa carita siempre alegre y si me dejas, haré todo lo posible para que así sea. – Ahora soy yo el que le pone dos dedos en sus labios a la vez que le digo – No digas nada. Ya habrá tiempo.

Asiente. Justo a tiempo porque llega el camarero con nuestra comanda. Nos recolocamos y nos disponemos a dar cuenta de ella.

 

Ya es media tarde y después de una comida amena y una sobremesa distendida, vamos de regreso por las calles de Vegueta. Elena lleva el ramo con mucho cuidado acurrucado en un brazo, como presumiendo, y su cara se muestra relajada.

¿te puedo hacer una pregunta? – me dice de pronto.

¡Claro! – le respondo – Siempre.

Antes dijiste que "se te había cumplido el deseo de encontrarte conmigo". ¿es eso verdad?

Si – le respondo con total seguridad.

¿Y cuando pediste ese deseo? – me pregunta.

El viernes. – le digo. Se para y se queda mirándome como esperando más. – Y a la vez que vuelvo a caminar lentamente le digo - Mira, la primera vez que nos vimos fue en tu trabajo…, bueno, yo te vi, no se si en ese momento tú me viste. Después nos hemos visto y saludado algunas veces más cuando he ido a tu empresa. Y también nos hemos cruzado un par de veces en la calle, cerca de tu trabajo. – me sonrío y le digo - He de decir que en alguna ocasión he vuelto a pasar por donde nos habíamos cruzado, a horas y días similares, con la esperanza de que, a lo mejor, nos volvíamos a encontrar. Y así hasta ahora. No me atrevía a decirte nada, y menos en tu trabajo, aunque creo que a veces se  me veía el "plumero" – ella se sonríe -.Y bueno, el viernes a mediodía coincidimos saliendo de tu oficina y no fui capaz de entablar una conversación decente contigo, cosa de lo que me lamenté profundamente. No fui capaz de invitarte a tomar algo o simplemente acompañarte a donde fuera…, y cuando nos separamos me quedé mirándote mientras te alejabas, con una sensación de frustración insoportable. Fue entonces cuando mi corazón escribió en mi mente un deseo sincero, inocente y espontáneo de que el azar por una vez jugara a mi favor, y que de alguna forma tuviera el valor para, al menos, hablarte. Así que imagínate la sorpresa que me llevé ayer cuando nos encontramos. No sabía qué pasaría después, pero sí tenía seguro de que el deseo se había cumplido, y no me podía permitir el lujo de dejar pasar el momento.

Elena asiente sonriente, como si fuera atando cabos. – En la oficina algunas compañeras me decían que "alguien" estaba por mí, porque cada vez que venías pasabas y saludabas.

La educación no puede perderse nunca – le digo.

Ya, ya,… - dice sin perder la sonrisa.

¿Y qué pensabas cuando te lo decían? – le pregunto.

No me desagradaba la idea – afirma. Y también he de confesarte que el viernes a la salida pensé que te ibas a ofrecer para acompañarme un rato. Me extrañó que no lo hicieras, y más me extrañó cuando, después de separarnos, me di cuenta de que te habías quedado parado mirándome. Al final pensé ¡otra vez será!... y vaya si fue.

Bueno, ya me vas conociendo. No soy precisamente indeciso, pero en tu caso, me habías desarmado por completo – le digo -. Y tenía un gran temor: que me mandaras a la porra.

¡Vete a la porra! – me dice entre risas.

Me paro en seco, y pongo cara muy seria. - ¡que es broma! – termina diciendo.

Y después de soltar una exhalación exagerada, a modo de alivio, continuamos caminando.

Al final acabamos sentados en un banco de Triana, frente a Guirlache, comiendo golosinas y viendo pasar a la gente, mientras seguíamos compartiendo instantes…

¡Me tengo que ir! – dice en un momento, como queriendo evitarlo.

¿No puedes quedarte algo más? – le pregunto en tono triste.

No. - Y medio sonriendo me dice – recuerda que era la otra condición.

Ya. – le digo con cara de apesadumbrado – Pues si no hay remedio…

A mí también me gustaría seguir más tiempo, pero de verdad que no puedo – dice mientras se levanta.

Caminamos todo lo despacio que podemos hacia su casa, hasta que finalmente llegamos. Estamos delante del portal, uno frente al otro, mientras Elena busca sus llaves en el bolso, cuando las encuentra me mira y me dice – He pasado un día maravilloso. Gracias, y gracias por tus pensamientos – lo dice mientras mira el ramo.

Sé que mañana ya toca trabajar, pero me gustaría poder verte algún día… o todos. – le digo mientras le tengo cogida una mano.

A mi también me gustaría, pero entre semana los días son muy complicados para mí – me dice.

¿Al menos te puedo llamar? – le digo intentando buscar alguna manera de mantener el contacto diario con ella.

Podemos intentarlo. Me tengo que ir – y se dispone a abrir el portal. Cuando lo tiene abierto, se gira, toma del ramo una rosa roja, una rosa blanca y una rosa naranja y me las da. Las cojo mientras los ojos se me iluminan y en ese momento me dice – … un sentimiento de unión y algo que está floreciendo, ¿no fue eso lo que dijiste? – Yo asiento mientras la miro totalmente embelesado. Ella sonríe. Se acerca, y me da un beso en la mejilla.

Se gira y entra en el portal haciendo un gesto de adiós con una mano.

¡Un momento! – le grito. Ella se vuelve y se acerca. Y en ese momento me inclino hacia adelante y le doy un beso fugaz en sus labios, e inmediatamente me separo y cierro la puerta diciendo ¡hasta mañana!. Me mira perpleja. Yo me quedo al otro lado del portal como si estuviera protegiéndome de algo a la vez que le estoy diciendo adiós con la mano. Entonces dibuja una amplia sonrisa en su cara, me dice adiós también con una mano, se abraza fuertemente al ramo, y se adentran los dos en el pasillo del portal mientras a ratos mira hacia atrás. En uno de esos momentos hago un gesto de coger mi corazón, besarlo y lanzárselo a través del cristal del portal como quien lanza una paloma mensajera al aire. Ella se para, hace como que lo coge al vuelo y se lo pone junto al ramo. Y desaparece….

viernes, 14 de septiembre de 2012

Capitulo 1 - MAÑANA

Sábado tarde. Nada que hacer a la vista. Solo una tarde que amenaza convertirse en agonizante. Casi sumiso en una nube de indiferencia decido sacar la cámara a pasear.
Cojo mi bolsa con la cámara y el trípode,  una botella de agua y algo de ganas, y sonámbulamente me obligo a salir.
No  sé cómo, porque la mirada ha estado siempre en un horizonte casi inexistente, pero el coche me ha llevado hasta Meloneras. Me encuentro sentado en él,  aparcado en un lateral de la carretera en frente de un hotel Riu, y tras un momento de incertidumbre, aparto mi "no pensamiento" cojo un abrigo ligero que tengo en el sillón de atrás, y cargado con el bolso de la cámara y el trípode, me pongo a caminar. Camino por la acera y me dirijo a través del Centro Comercial hacia el Boulevard de Meloneras. El sitio lo conozco. Es uno de los que más me gustan para pasear, y parece que a mi subconsciente también.

Ya en el paseo, me dirijo hacia la izquierda, en dirección al Faro de Maspalomas. Son algo más de las seis, y el agua comienza a tener un tono dorado y plata por las pinceladas que la puesta de sol y las pocas nubes que viajan allá a lo lejos van dando al ambiente. Absorto en su belleza sigo caminando, caminando…
He dejado el Faro atrás y me he adentrado en la arena de la playa. Decido pararme. La sensación es casi de soledad. Apenas queda algún despistado por los alrededores, y el que no lo está, ya está abandonando su día playero. Con lo cual, casi estoy solo con mis circunstancias.
Me dejo caer sentado, como si tuviera plomos en los bolsillos. El bolso a un lado. El trípode al otro. El mar al frente. La urbe allá lejos a la espalda. E instintivamente mis músculos de la espalda ceden para dejarme caer boca arriba sobre la arena.
Azul, gris, blanco… esos son los colores que diviso en el cielo, y un halo anaranjado que lo cubre todo. Por el rabillo del ojo diviso a mi derecha majestuosamente la columna del Faro que me acecha. Inclino la cabeza hacia la derecha para verlo mejor, y la vista me secuestra. No me resisto, saco la  cámara, vuelvo a tumbarme y ladeándome hago un contrapicado de gran angular a ras de la arena, captando esa colección de luces y sombras que resaltan su contorno: ¡bien!
Me quedo absorto durante un tiempo con la cámara apoyada en la palma de la mano. Me incorporo y me quedo escuchando las caricias de las olas sobre la orilla. ¡clack! ¡clack!, dos tomas más se esconden en la cámara,… y dejo que mi mente se vacíe.
Decido, no sé si consciente o no, caminar algo más alejándome del faro y sin perder la vista de la orilla. Las dunas van pasando a mi derecha sin saludar, pero todas hacen ese guiño de belleza tan peculiar que tienen, y la brisa que en ese momento me acompaña les alborota de vez en cuando sus contornos como cual melena al viento. Se respira paz, se respira tranquilidad.
Llevo la cámara colgada al cuello e instintivamente me doy cuenta de que estoy capturando instantáneas que me han seducido casi sin darme cuenta: arena al vuelo, formas caprichosas en las faldas de las dunas, contrastes de amarillo y azul, pisadas sobre las dunas y la arena mojada, una orilla serpenteante que sonríe por las cosquillas que les producen la olas juguetonas …, y una tras otra pasan a mi colección de momentos.
Vuelvo a sentarme, esta vez algo más atrás, casi sobre la falda de una duna no muy grande. Un par de figuras borrosas a lo lejos a mi izquierda, y a mi derecha el faro, ahora bastante más lejos, siendo testigo de cómo el sol está casi decidido a darse una zambullida en el agua mientras dos siluetas a lo lejos caminan hacia él cogidas de la mano y mojándose los pies.
Clavo el trípode en la arena, monto la cámara sobre él enfocando hacia la duna que empieza a mis espaldas, le coloco el disparador remoto y lo programo para que transcurrido 1 minuto haga 8 tomas con intervalos de 2 segundos. Encuadro de forma que se vea principalmente los ¾ más altos de la duna, reviso la composición, reviso los parámetros de exposición, tomo aire como si ello me diera la conformidad, acciono el disparador… y echo a correr. Tengo un minuto, la duna no es muy grande por lo que creo que podré llegar, y comienzo a contar 1, 2, 3, … a la vez que subo por el lado oculto de la duna… llego arriba, me paro jadeando, agachado, con las manos apoyadas en las rodillas (tengo que salir más en bici), y espero, contando mentalmente, a que el disparador se accione. Me preparo. Oigo el primer pitido del disparador y sé que comienza la acción: salto con brazos y piernas extendidos ¡clack!, haciendo la rueda ¡clack!, pose de vigilante ¡clack!, me siento en la duna ¡clack!, me tumbo en su falda ¡clack!, ruedo sobre su falda ¡clack!, sigo rodando … ¡clack!, ¡clack!.... no he podido parar y casi me como el trípode.
Me quedo tirado boca a arriba con los brazos extendidos, mientras el resto de arena que he levantado busca sitio donde colocarse. Estoy fuera de enfoque, pero digno de una foto.  Y cuando empiezo a incorporarme a la vez que me sacudo la arena de encima noto que llevo una ligera sonrisa plantada en la cara. Je, je  ¡No ha estado mal!
¡Hola Iván!...
¡Dios esa voz! Me giro y allí está "Ella", sin poder disimular una sonrisita en su preciosa cara. Va acompañada de una pareja (… la chica debe ser su hermana, porque se aprecia claramente que comparten genes), y vienen caminando descalzos por la arena. Ella con su precioso pelo rizado recogido de los lados con dos mechones que se unen por detrás en una traba, una blusa de asillas amarilla, un pantalón pirata de color blanco y sandalias blancas en la mano, y los demás, pues no sé…., ¡está lindísima! No sé si el sol ya se metió en el agua,  pero parece que hace más luz.
Ho Hola… ¡Hola Elena! ¡ qué tal! ¡ vaya sorpresa!, - digo con aires de disimulo haciendo que me sacudo algo de arena de los pantalones y  acercándome como un patoso mareado. No sé si el tono de luz de la puesta de sol disimulará algo el rojo granate que debo llevar pintado en la cara. Me acerco y le doy un beso en la mejilla (ummm, qué bien huele). Miro a los acompañantes: ¡Hola soy Iván!, hacemos las presentaciones a la vez que  doy un beso cortés en la mejilla a Maite (ahora sé que es su hermana) y  estrecho la mano a David, su cuñado. Ambos sonrientes y diría que expectantes.
¡Qué! ¿dando un paseíto? (idiota, es  que no lo ves…)
Sí. La verdad es que la tarde está muy buena para pasear – comenta Elena.
¡que bien! Pues sí, está hermosa - ¡ay! ¡No estaba pensando en la tarde!, pero creo no se ha notado.
Pensamos que te habías caído y te podías haber hecho daño, pero al final nos dimos cuenta de que no, porque te estabas riendo, y de que, además, eras tú.
Bueno casi me hago daño, porque terminé muy cerca del trípode.
¿Estás haciendo fotos?
Si.  Y la verdad es que la tarde me está embrujando - y ahora otra visión más me embruja…-, y no he podido resistirme.
Transcurre algún tiempo (del que no soy consciente porque creo que estoy en una nube), en el que creo que hemos hablado de forma informal de cosas intrascendentes. Y me doy cuenta de que mis ojos deben tener un resorte, porque cada vez que dirijo la mirada para otro lado, automáticamente regresan para colocarse frente a Elena.
Y allá voy…
¿Tienen prisa? Quería esperar un poco más a que se haga más oscuro para hacer un par de fotos de larga exposición y luego sentarme a tomar algo en alguna terraza. Así que si se les apetece, les invito…
Sus tres miradas se cruzan (la mía está fija, de hecho creo que está en focal fija desde hace buen rato) y finalmente Maite dice. Bueno…, no. Pensábamos seguir caminando algo más… , pero Eli, si quieres quédate y después nos vemos. Nosotros llegaremos hasta el final del paseo y volveremos, sin prisas –el "sin prisas" me ha sonado muy cómplice, y me ha encantado-.
¿Seguro?
Si, si, seguro. Tranquila, si surge algo te llamamos. ¿tienes tu móvil, no?
Si, si.  – y señala un pequeño bolso blanco que no había visto y que llevaba colgado en bandolera . Yo estoy a punto de dar un brinco y establecer un nuevo record de salto de altura.
Iván, encantada ¡eh!. Si acaso nos vemos más tarde ¿vale? – Maite me da dos besos en la cara y me saluda efusivamente. David me vuelve a estrechar la mano, ahora algo más fuerte – Encantado Iván, nos vemos.
Miro a Elena, y a regañadientes sale de mi boca un - No quisiera importunar o interrumpir los planes que tuvieran. No quiero ser aguafiestas – ¡cállate imbécil! me digo a mi mismo.
No tranquilo. La verdad es que me encantaría ver cómo haces esas fotos de noche – me dice, y mi corazón se derrite.
¡Será un placer compartir el momento! – no sé si ha sonado ridículo, pero me ha salido del alma, y al menos veo que su sonrisa no se ha borrado.
Pues entonces nos vemos después ¿vale? – dice Maite -  Hasta luego. - y ella y David se van caminando  cogidos de la mano en dirección al Faro.
¡Qué sorpresa más buena! ¡no esperaba que se me alegrara el día de esta forma! – consigo decir. Y seguimos de  pié durante un rato más hablando y haciendo hoyitos y circulitos con los pies en la arena.
La tarde ya se está acostando. El cielo está oscuro, y hasta nosotros solo llega desde muy lejos la luz rebotada al cielo de las terrazas que se divisan a lo lejos, junto con el guiño intermitente que el Faro ya ha empezado a hacer.
Estamos sentados. Ella a mi derecha, con las piernas arqueadas y los brazos apoyados a ratos sobre sus rodillas. Hablamos, hablamos…, de cómo fue el día, de lo que habíamos hecho, de cosas sin importancia pero que al final forman parte de nuestras vivencias, de algún sueño que otro. Hablamos en tono suave…, y no ha dejado la sonrisa en todo este tiempo, lo cual me maravilla. No me canso de mirarla.
Instintivamente, cojo la  cámara y enfoco apoyándome en mis rodillas - ¡quédate quieta! – le digo,  y en ese momento inclina ligeramente su cabeza y me mira por el rabillo del ojo ¡clack--clack! 3 segundos, y tengo un tesoro. Su cara enmarcada sobre el espejo que al fondo forma el agua mojando la playa con los reflejos de las luces del paseo allá a lo lejos, y sus ojos iluminando toda la imagen.
Me quedo embelesado mirando la imagen. ¿Tan mal quedó? – me dice -. ¡no! ¡no!.. eres… es preciosa… - y le dejo ver la foto. Sus ojos se hacen más grandes todavía.- ¡qué bonita!
Si,  pero el original lo es mucho más. – digo con una naturalidad de la que hasta yo me sorprendo.
Vuelvo a enfocar, pero esta vez se cubre la cara con las manos riéndose. Disparo, una, dos, tres veces, consciente de que van a salir movidas y me paro sin dejar de enfocar. Ajusto rápidamente el ISO de la cámara, hago un nuevo disparo y espero, espero… Entonces levanta un poco la cabeza a la vez que separa los dedos de una mano para ver entre ellos: ¡clack! Su cara ocupa toda la imagen, y su mirada se convierte en la protagonista.
¡déjame ver!
¡no!
¿por qué?
Porque has sido mala. No me dejabas hacerla…
¡pero al final la has hecho! , déjame verla…
Ummm, no se…
Por favor….. – y yo me rindo. No puedo resistir esa cara. Le enseño la ristra de fotos, las primeras con partes movidas y la última: ¡de poster!.
¡que guapa ha quedado!
Ya lo sé.
¡que modesto el muchacho!
No lo decía por la foto, lo decía por ti. - Y recibo un suave pellizco en el brazo.- ¡Ahhhh! ¡Traidora! – digo exagerando.
Me mira sonriendo. Yo me quedo mirándola… voy a decir algo, pero termino cerrando la boca.
¡Qué! -  me dice.
Nada.
¡qué ibas a decir!
Si lo digo me vas a maltratar otra vez – creo que se ha sonrojado, o son imaginaciones mías.
Si no me lo dices entonces sí que te voy a maltratar – dice riendo.
Me quedo en silencio un momento, cautivado por esos ojazos… - ¡Estás preciosa! – digo finalmente, y hago un gesto de protegerme, como si esperara un ataque…
Se me queda mirando con los ojos clavados en los míos… y finalmente dice -¡gracias!. - Para luego con gesto amenazante, pero gracioso, extender su mano como si de un taladro se tratara en dirección a mi brazo, y cuando lo alcanza simular que me da otro pellizco, pero inmediatamente, pasar su mano abierta por donde supuestamente lo había hecho, a modo de caricia para calmar el hipotético dolor.
Ummm, ¡que alivio!
¿te duele? – comenta extrañada.
No. Me encanta. – y recibo un empujón acompañado de la risa de ambos.
¿no ibas a hacer fotos de noche? – me pregunta de repente.
Si. Pero las que acabo de hacer me compensan con creces lo que tenía pensado – ella sonríe - .
Pues a mí me gustaría ver algo de lo que tenías pensado hacer – dice finalmente.
¡Sus palabras son órdenes señorita!
La noche ya está cerrada. No hay mucha luna, con lo cual la luz natural es casi nula, y solo hay reflejos de las luces del Boulevard allá  a lo lejos, que siguen dando brillo al agua cada vez que se acerca a su punto más alto de la playa antes de retirarse de nuevo, dejando un mantel brillante sobre la arena. En el cielo se divisan algunas estrellas.
Me levanto. Cojo el trípode y lo coloco a media altura mirando hacia el Faro. Coloco la cámara con un enfoque amplio de manera que no solo coge el Faro, sino parte de las luces del fondo, el trozo de muelle que asoma al mar por delante del Faro, y una gran extensión de playa, mar, que llega hasta nosotros. Calculo el tiempo de exposición apropiado (tres minutos) y exclamo: ¡listo!.
¿qué vas a a hacer?
Ahora lo verás. Pero tendremos que esperar 3 minutos – y acciono el disparador: ¡clack!
Pero las olas – y señala la orilla - ….,  la foto va a salir movida – exclama.
Precisamente eso es lo que le va a dar un "puntito" a la foto – le explico. Y nos quedamos esperando, oyendo el rumor de las olas que tímidamente se acercan a la orilla como si quisieran alcanzarnos.
Me encanta esta sensación de paz, y más cuando estás en buena compañía – digo casi susurrando y mirando al mar.
A mí también – susurra, y el silencio se impone nuevamente.
Me quedo mirándola. Está acurrucada sobre sus rodillas mirando al mar – Un penique por tus pensamientos – le digo.
Y solo sonríe por respuesta.
Al menos dime si estás bien.
Si. Muy bien. Más que bien.
Me alegro.
¡Clack!, el disparador suena otra vez, lo que indica que la foto ya se ha tomado. Me mira expectante en lo que yo compruebo el visor de la cámara. El resultado ha sido satisfactorio.
¡Déjame verla! – y sin mediar palabra aflojo y giro el cabezal del trípode para que el visor quede a su alcance.
Acércate un poco – lo hace, y me invade un cosquilleo enorme. Su pelo me roza los hombros al acercarse para ver el visor y no puedo resistir acercar mi cara para sentirlo.
¡qué bonita! ¡Y las olas no se ven!. -  es cierto, el vaivén de las olas ha quedado convertido en un halo de seda dibujado en toda la diagonal de la foto, casi como señalando un camino que va hacia el fondo. El mar parece un espejo y en el cielo se ven unas rayitas blancas como si cayeran hacia el agua - ¿qué son esas líneas blancas pequeñas que hay en el cielo? – me pregunta.
Es el movimiento de las estrellas que ha quedado captado durante el tiempo que la cámara ha estado haciendo la foto – le digo  - Yo las llamo "lágrimas del cielo". Lágrimas de felicidad por la belleza de la naturaleza que observamos.
¡Uaoo! Es precioso – exclama. Y se queda mirando la foto.
Si me ayudas podemos darle un poquito más de vida a esa foto – le digo.
¡cómo!
Me gustaría que salieras en la foto – y me quedo esperando su reacción.
Sigue mirando la foto y de repente dice en un tono divertido: ¡vale!
Pues ¡manos a la obra!. – Me levanto - ¡arriba! – y le tiendo mis manos para ayudarla a levantar. Me tiende las suyas y cuando estamos de pie, uno frente al otro y con las manos cogidas, el tiempo se me para. Solo vuelvo a ser consciente cuando oigo - ¡qué pasa!.
¡eh! ¡ah!... no, no…. Nada,… ¡la cámara! – me agacho un poco, vuelvo a girar el cabezal del trípode para buscar el encuadre original, y reviso los parámetros de la cámara - ¡listo!.
Le tiendo la mano y le pido que deje su bolso y me acompañe. Deja su bolsito junto al mío. Vamos alejándonos de la cámara, a un lugar imaginario coincidente con el final del encuadre que tengo preparado y le comento:
Cuando te avise quiero que camines hacia el agua y una vez que estés ya con los pies mojados que camines por la orilla en dirección hacia donde está la cámara. Pero hazlo como quieras. Dando saltitos, pateando el agua, bailando, girando…, lo que quieras. Yo estaré algo más alejado de ti y te estaré iluminando a ratos con una linterna y con un flash, así que no te asustes por los reflejos. Tenemos 3 minutos en los que puedes moverte entre aquí y allí – y señalo un lugar imaginario un poco antes de la altura a la que se encuentra la cámara-. Cuando llegues allí, puedes volver y empezar de nuevo si quieres. Piensa en lo que quieras, y diviértete mientras lo hagas. Quiero que seas tú y que te olvides que estoy por aquí. Ignórame, - e inmediatamente añado - Pero por favor, solo ignórame en esos tres minutos  - y junto las manos como si estuviera suplicando.
Eso es un poco difícil- y se ríe.
El qué, ¿el ignorarme solo 3 minutos? Ya veo. Ya quieres perderme de vista.
Tonto – exclama - . Estoy muy a gusto. Solo digo que va a ser difícil pensar que estoy sola.
Bueno, piensa en algo divertido. En algo bueno, y déjate llevar.
Lo intentaré.
Bien. ¿lista?
Si.
Vale te aviso en seguida. – y me dirijo corriendo hacia la cámara. Cojo del bolso una linterna pequeña Led Lenser que siempre llevo conmigo, el flash, y un cartón plegado. Enciendo el flash y lo preparo para disparo manual. Abro el cartón plegado y lo acoplo en su extremo a modo de extensión formando un snoot casero. Compruebo que la linterna está preparada para foco puntual. Preparo el disparador para que me de 20 segundos antes de empezar a hacer la foto, lo acciono, y me dirijo con la linterna y el flash hacia donde se encuentra Elena. Mi ropa no es lo suficientemente oscura, por lo que tendré que tener cuidado de no aparecer o invadir por mucho tiempo la zona de encuadre. Cuando llego a la altura de Elena me preparo y le digo – Cuando quieras.
Elena empieza a caminar hacia el agua y al momento oigo el ¡clack! del disparador. Elena ya tiene los pies mojados. Y empieza a dar giros, pausados y lentamente, uno o dos pasitos largos, un saltito, y vuelta a empezar. Y empieza a reir graciosamente. Estoy completamente escandilado por tal espectáculo, hasta que me doy cuenta de que estoy quieto pasmado, y se suponía que debo plasmar esto en una foto. Reacciono rápidamente y con la linterna en una mano y el flash en la otra me dirijo hacia donde está Elena pero manteniendo cierta distancia. De una forma metódica, sin saber cómo escoger los momentos, porque todos son fantásticos, me dejo llevar.
En un momento en que Elena da una patada al agua enciendo la linterna a la vez que apuntándola con el flash emito un destello. La he cogido por sorpresa y por un momento ha mirado, pero inmediatamente ha reiniciado el movimiento. Avanza un poco más y, un salto. Repito el proceso: un toque de linterna a la vez que disparo el flash. Un poco más… un giro con los brazos extendidos, y vuelvo a congelar el movimiento.
Me encanta verla evolucionar con ese aire de niña feliz. Decido no congelar más momentos sino simplemente disfrutar de esa sensación de felicidad que me embarga. Y así hasta que oigo el ¡clack! que me indica que la foto ya se tomó.
¡plas¡ ¡plas! ¡plas!. Comienzo a aplaudir desde la orilla, y cuando me oye se para, se gira hacia mí, y me hace una graciosa reverencia digna del mejor baile de salón de la época renacentista.
Ríe mientras se acerca dando saltos.
¡que! ¿te lo has pasado bien? – le digo.
Pues sí. Mira que hacía tiempo que no me abandonaba al divertimento infantil.
Así que era eso lo que pensabas. Tus juegos de infancia.
No exactamente, pero casi. ¿y tú qué?
Yo he preferido quedarme en la época actual. Pero también he disfrutado como un enano. He de decirle señorita, que es un placer verla evolucionar grácilmente.
Graaaacias – exclama sonriente cual niña traviesa. - ¿vemos la foto?
Vale.
Yo primero – y sale corriendo hacia la cámara…
¡eh! ¡eso no vale! – y corro tras ella.
Llegamos casi a la vez, y nos tiramos de rodillas junto a la cámara. La quito del trípode y la acerco a los dos, ahora  sentados, para verla. Cuando aprieto el botón del visor aparece la imagen.
¡Uaoooo! Decimos al unísono. Y ahora soy yo el que está asombrado. Sobre un fondo ya de por sí encantador, y en tres puntos distintos de la imagen, destaca de sobremanera la figura de Elena iluminada por los destellos dirigidos del flash y la linterna en tres poses completamente distintas y divertidas.
Ahora sí que el cielo llora de felicidad – consigo decir en voz baja. Y me quedo mirando la foto.
Está a mi lado mirándome, y no sé si sorprendida.
Me encanta – me dice – a la vez que pone su mano sobre mi hombro y un escalofrío me hace volver a la realidad. Miro hacia ella y después de un segundo, inclino mi cabeza quedando apoyado frente con frente.
Un sonido musical comienza a salir de su bolso. ¡su móvil!. Y el momento se esfuma. Estiro la mano, cojo su bolso y se lo alcanzo. Saca su móvil y responde con un tono casi indiferente - ¿si? … dime… - algo le dicen que se sonríe – si, si…. – dice en tono jocoso -…estábamos haciendo fotos, bueno yo no, Iván, …  ¿ya son las once? –  miro el reloj y asiento con cara de sorprendido a la vez que frustrado – vale, espera. Iván…, que me tengo que ir. Maite y David agradecen tu invitación, pero son las once ya, están cansados y quieren volver a Las Palmas.
¡Oh! – digo con cara de tristeza- ¿no te puedes quedar un poquito más? Si quieres, claro. Yo te alcanzo a tu casa después.
¿Y vas a ir hasta Las Palmas para después volver a tu casa? Tú estás loco.
No me importa, de verdad. Sería un placer acompañarte. Siempre que quieras, no quisiera causarte problemas. Y además, Telde no está tan lejos. – Me mira y espero que no se haya dado cuenta de que mi interior está suplicando.
… Maite, mira, Iván dice que él me lleva más tarde. Váyanse ustedes tranquilos. – se hace un silencio, que se rompe por una risita que suelta en tono desafiante – ¡ja! ¡ja! – Pues vale. Nos vemos mañana. Sí, se lo diré. Un beso – y cuelga.
Saludos de Maite y David. Que los disculpes y que quedamos para otro momento.
Cuando quieras – afirmo.
Y pasado unos segundos en los que creo se me ha quedado una cara de tonto satisfecho le digo - ¿Tienes hambre? Vamos a tomar algo.
Pues mira por donde sí que se me apetece. – dice
Pues vamos allá.
Nos incorporamos. Recojo la cámara, guardo el flash y la linterna, cierro el bolso, pliego el trípode. Elena está intentando quitarse la arena todavía mojada de sus pies.
Caminaremos por la arena seca, y así cuando lleguemos a la altura del Faro posiblemente ya se te haya caído toda – le aconsejo, y obtengo un "vale" por respuesta.
¿Tienes frio?
El aire está fresco y parece que ahora sí lo noto. O será por haberme mojado los pies.
Señorita, por favor – y extiendo mi abrigo, una rebeca azul marino ligera, sujetándola con las dos manos con ademán de que se pueda cubrir sus hombros. Se acerca, y se gira de espaldas – no es que esté acorde precisamente con tu atuendo ni que sea de tu talla, pero te mantendrá a salvo del frío – le digo a la vez que la coloco sobre sus hombros y se la paso por delante.
Gracias – me dicen unos ojos brillantes.
Me cuelgo el bolso de la cámara, cargo al hombro el trípode e iniciamos el camino hacia el Faro. Caminamos uno al lado del otro sobre la arena seca y hablamos de la noche, lo bonita que está, y de lo sorprendente que le ha parecido el resultado de la foto. Tengo que contenerme más de una vez para no soltar una patujada. Prefiero oírla hablar. Parece divertida.
Llegamos a la altura del Faro y dejo que se apoye en el comienzo de la avenida para colocarse las sandalias.  Y reanudamos el camino en dirección a una terraza italiana que hay muy cerca del Faro. Buscamos sitio y nos acomodamos en asientos contiguos. Pedimos bastante rápido. Una ensalada y algo para picar acompañado de dos zumos de naranja y agua.
El tiempo pasa muy rápido, y poco después nos encontramos caminando por la avenida del Boulevard Meloneras para después continuar en dirección a dónde había dejado el coche.
Seguimos hablando, divertidos, casi como si nos conociéramos de toda la vida. Y eso me encanta. Y así llegamos al coche. Coloco los bultos en el maletero y le abro la puerta para que entre.
Gracias – me dice.
Siempre las suyas, señorita, y a su disposición – le contesto. Sonreímos los dos.
Voy conduciendo por la autopista  y me doy cuenta que falta poco para llegar a Las Palmas. Llevamos todo el rato con una charla amena, compartiendo gustos y opiniones en unos casos y discrepando en otros, pero siempre amena. Alguna broma que otra, algún comentario chistoso …,  puro regalo para mis sentimientos.
Y después de un par de giros, ya dentro de Las Palmas – es aquí – me dice. Y con cara de disgusto paro. Encima es una calle de un solo sentido y los huecos de aparcamiento, solo a un lado, están ocupados, con lo cual ni siquiera puedo ponerme en doble fila, solo hasta que aparezca algún inoportuno.
Bueno – exclamo con resignación – Creo que mi buen día está llegando a su fin.
¡No seas catastrófico! – me responde.
No. De verdad. El día me dio un giro para bien cuando "me encontraste" – y lo recalco – Y lo he pasado estupendamente.
Yo también. Me alegra haberte "encontrado" – y también recalca la palabra.
Pasa un segundo interminable. - Espera que te dejo la rebeca – dice finalmente.
No. Quédatela hasta que subas a tu casa. Así tengo la excusa de que me la tienes que devolver – y sonrío.
¡Eso es jugar con ventaja!
Bueno, si no quieres, me la dejas en cualquier sitio y ya pasaré a buscarla – digo con tono triste.
Me parece que me gusta más la primera opción – dice. Y no puedo ocultar mi alegría como si de un niño travieso se tratara. De repente, un reflejo en el retrovisor me hace desviar la mirada.
¡vaya por dios!
¡que pasa!
Un coche.
¡Ah!
¿Te puedo ver mañana? – digo de forma desesperada a la vez que saco mi móvil y me dispongo a pedirle su número, cuando, de pronto, me lo quita, teclea un número, realiza una llamada y corta.
Ya lo tienes.- me dice. -Bueno pues hasta mañana.-  Y se dispone a abrir la puerta.
¡un momento! – le grito. Y rápidamente me bajo del coche lo cruzo por delante y le abro su puerta por fuera – Señorita, por favor.
Se baja luciendo esa risa cautivadora a la vez que me dice  - Gracias, caballero.
Cierro la puerta y le cojo la mano. – Ya estoy deseando que sea mañana – le digo. Y su sonrisa se hace más amplia. Levanto su mano con las mías y le doy un beso pausado en el dorso – Que descanses.
En ese momento se inclina y me da un beso en la mejilla – Que descanses, y ten cuidado a la vuelta.
Me toco la mejilla como si quisiera coger el beso que me ha dado, mientras la veo dirigirse hacia el portal y abrirlo a la vez que me lanza una mirada y un beso.
Vuelvo a la realidad cuando suena la pita del coche que tengo esperando detrás del mío. Doy un respingo, corro hacia mi lado a la vez que hago ademanes de disculpa al otro coche. Me meto dentro, me abrocho el cinturón, y arranco. Hay un semáforo justo a pocos metros, pero afortunadamente está en verde.
El corazón me late como una ametralladora, y tengo dibujada una sonrisa en la cara. Me toco la mejilla y todavía siento sus labios.
La autopista pasa muy deprisa. Solo quiero llegar. Llegar para revivir y soñar. Y esperar que llegue mañana.