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miércoles, 4 de noviembre de 2026

LA CANCIÓN DEL KEEPSAILING VIII



Travesía del 2 de noviembre de 2026

Con permiso de don José de Espronceda





Con veinticinco millas por banda,
viento en popa, a toda vela,

enseñándole al mar las orejas

como solo sabe el Keepsailing.

A la orden de un patrón de fama,

por su buen hacer… y sus gritos,

que quien con él ha navegado

aprende a orzar y a sentir.


Es Juan Carlos quien gobierna,

viejo lobo de la regata,

y si alguna voz desata

no es por gusto de mandar;

es pasión la que le puede,

es querer que el otro aprenda,

que comprenda, que lo entienda,

que sepa al viento escuchar.


Navega sin temor,

que ni la calma ni el ruido,


ni una mala trasluchada,

ni una rejera enredada

nos quitarán el humor.


Javier navega tranquilo,
con sonrisa por bandera,

si hace falta, compañero,

siempre dispuesto a ayudar.

Pero hay algo más sagrado

que trimar correctamente:

cada poco, de repente,

dice: «¡Son las doce en algún lugar!».



Y a las doce imaginarias,
por sentencia marinera,

sale algo de la nevera

que nos obliga a picar.

Mientras una pobre currica,

abandonada a su suerte,

navegaba hacia la muerte…

¡pues el cebo se hizo almorzar!




Manuel mira. Manuel piensa.
Manuel ve lo que se escapa.
Sin estruendo, sin urgencia,
conversando y observando,
Donde alguno ve una etapa
él ya sabe qué vendrá.
va la calma regalando
que en cubierta falta hará.


Y Helena ríe con el viento,
marinera y nadadora,
de esas almas que a cualquier hora
hacen fácil sonreír.
Fue quien puso a Espronceda
navegando entre nosotros,
sin saber que aquellos versos
hoy volverían a latir.

Su reloj, poco romántico,
le anunciaba con rigor
que aumentaba su nivel
de preocupante estrés.
Y ella, en vez de preocuparse,
se reía todavía:
si Juan Carlos aparecía,
¡había chiste para después!

Navega  sin temor,

que si el reloj marca estrés
y el patrón empieza a hablar,
siempre habrá tiempo en el mar
para reírse después.

Y hubo un instante distinto,
sin palabras ni aspaviento:
Helena buscó su momento
y caminó hacia la proa.
Allí no quiso hacer nada,
ni aprender, ni demostrar;
solamente ver el mar,
solamente estar.




Porque a veces navegando
no hace falta más destino,
ni saber cuál es el camino,
ni siquiera a dónde ir.
Basta el barco, basta el agua,
 basta el aire sobre el rostro,
 y ese instante que es tan nuestro
 en que aprendemos a sentir.

Aunque después, diligente,
volvía a su cometido:

acompañar a Javier

cuando las doce habían sido.

Una cerveza en cubierta

bien podía aparecer…

pero foto con cerveza,

¡eso sí que no iba a ser!


Y mientras tanto un novato,

que responde por Juan,

iba intentando entender

lo que otros ya han aprendido.

Mirando manos y cabos,

cada vela, cada giro,

descubriendo que en el viento

hay cosas que no están en los libros.


Hasta que llegó la trasluchada.

Y allí el mar dictó sentencia.

Juan tomó su turno,

Helena después quiso probar,

y por pasarnos de entusiasmo

nos pusimos a girar.

Uno hizo su propio trompo,

otro no quiso ser menos:

dos artistas del gobierno

¡dando vueltas sobre el mar!


Quizá Juan Carlos gritara.

Quizá con cierta razón.

Quizá alguno comprendiera

la palabra anticipación.

Pero hay lecciones que nunca

se aprenden desde un sillón:

para saber dónde está el límite

hay que pasarse un montón.


Navega sin temor,


que trasluchar es sencillo

hasta que quieres lucir;

y para aprender a sentir

también un trompo será bienvenido.


Pero Eolo aquella mañana

debía de estar descansando:

pasaban horas navegando

y el viento sin aparecer.

Ni llamada, ni amenaza,

ni promesa marinera;
la mar parecía entera

empeñada en no soplar.




Hasta que, casi al regreso,
cuando el día se apagaba,

el viento al fin despertaba

con ganas de trabajar.

Y entonces sí hubo silencio,

de ese que nace al sentir

que el barco deja de ir

y de repente empieza a volar.


Llegar a Pasito Blanco.

Fondeo. Baño. Comida.

Agua fresca, buena vida

y un instante para estar.

Porque también las travesías

se construyen de momentos:

una mesa, unos encuentros,
y algún brindis frente al mar.


Mas no termina una historia

hasta tocar pantalán.

Y allí esperaba la rejera.


Jaime quiso echar una mano,

con  la hélice quiso ayudar,

pero hélice, cabo y ayuda

no se suelen bien llevar.


La proa atrapó la rejera,

y a la rejera le dijo «mía»,

y Jaime comprendió aquel día

que le tocaba  también nadar.


Al agua fue nuestro jefe,

sin discurso ni pregón,

a librar aquella hélice

de tan íntima unión.

Y así terminó la jornada,

como mandan los relatos:

unos riendo desde el barco

y otro al agua por un cabo.


Navega sin preguntar,

que unas veces manda el viento

y otras te manda la mar.


Unas veces haces trompos,


otras te toca nadar,

y hay días que son las doce


en cualquier hora y lugar.


Hoy aprendí que navegar

no es llevar barco y timón,

ni saber cada maniobra,

ni anticipar la ocasión.

Es escuchar cuando el viento

te dice por dónde ir.

Es equivocarte un poco.

Es observar.

Es compartir.


Es un patrón que te enseña

porque enseñar es su pasión.

Es Javier buscando las doce

para compartir cada ocasión.

Es Manuel mirando atento,

conversando sin presión.

Es Helena sola en proa

escuchando el corazón.

Y es un aprendiz mirando,

empapándose de todo,

descubriendo poco a poco

algo difícil de explicar:

que quizá sentir el viento

sea otra forma de aprender

que no siempre hay que saber

a dónde vamos a llegar.


Por eso, si alguien pregunta

qué tripulación elegiría

para buscar algún día

dónde se esconde la felicidad,

no buscaría otros mares,

ni otro barco, ni otra gente:

con estos cinco sin dudarlo,


me volvería a embarcar.


Que es mi barco el Keepsailing,

que es mi rumbo navegar,

que es mi ley sentir el viento,

mi destino, disfrutar.

Y si la vida algún día

nos pregunta dónde ir,

larguen velas, compañeros:

Que si existe algún confín

donde se esconda la felicidad,

con esta tripulación a bordo…

yo me atrevo a irla a buscar.






JSR - 2 de Noviembre de 2026